A los 14 años mi mamá me mandó un colegio religioso como interno en otra ciudad. Ella insistió que sus ocho hijos asistierán también. En el internado, conocí a otros chicos de Chicago, Oklahoma y yo era el único de pueblo pequeño. Mis compañeros decidieron que yo tenía que aprender a gozar de la vida. En menos de seis meses ya bebía, fumaba y andaba detrás de las chicas.
Un año más tarde, mi papá quebró. El era agricultor y sembraba papas en Alabama, Texas y Idaho. El precio de venta bajó y la cosecha fue poca. No le quedó más remedio que vender todo su equipo. Todo el dinero que teníamos se acabó y yo creí que era mi culpa ya que estaba viviendo en pecado. Decidí seguir todas las normas y reglas de mi religión para que se resolviera nuestro problema. Sin embargo, entre más me proponía a hacer el bien, peor me comportaba y las cosas no mejoraron. Así que deduje- “no puedo ser bueno y de todos modos voy a ir al infierno, más vale que la pase muy bien.”
Cuando teminé la escuela superior tuve muy buenos trabajos pero en realidad no estaba comforme. No me gustaba trabajar para otras personas. Mi única alternativa era estudiar en una universidad de Quiroprácticos.
Por qué ingresar al Colegio de Quiroprácticos? Cuando yo tenía cuatro años, se abrío la puerta del coche; caí y rodé en el pavimento. Pocas semanas después de este accidente, quede paralizado. Tanto era mi dolor y agonía que gritaba si alguien me atocaba. Al ver mi sufrimiento mis padres, decidieron llevarme al quiropráctico. Me revisó, acomodó todos los huesos que estaban fuera de lugar y me dijo “bájate de la camilla”. Imaginándome el dolor que me daría al bajarme yo solo de la camilla, le contesté que no. Entonces, él me obligó a bajarme y para mi sorpresa el dolor había desaparecido completamente. En ese instante le dije a mi papá que yo iba a ser doctor como él.
Cuando me gradué y me dieron mi liciencia de quiropráctico, aun me sentía vacío, me sentía incompleto. Me había casado durante mis años de estudios universitarios, y tuvimos tres hijos preciosos pero aún me sentía solo.
Un día que llegue a mi casa después del trabajo, mi esposa me dijo,” Si no te vas ahorita mismo, mañana voy y lleno los papeles para el divorcio.”
En mi cultura, el divorcio era lo peor que me podía pasar, definitivamente ahora iba derechito al infierno. Optamos por la separación y ella se llevo a los niños a vivir con su familia en Carolina del Sur.
Como mi esposa y los niños estaban lejos de mi y ya no peleabamos, pensé que mi relación con ellos iba a mejorar. Pero no fue así; empeoró. Llegó el momento en que me dije,--si yo no puedo ayudarme a mi mismo, cómo voy a ayudar a mis pacientes. Le dejé mi consultorio de quiropráctico a un socio, y volví a vender zapatos de damas.
El vender zapatos era automático, monótono. Era como estar muerto en vida. En mi búsqueda por respuestas, me involucré en religiones orientales. Leí cuanto libro encontré relacionado con el poder espiritual. Creía en la reencarnación, meditación tracendental y la evolución. Cuando mis padres vinieron a Houston a la boda de mi hermana, Susie, me insistieron que volviera con ellos al Norte de Texas. Me invitaron que los acompañara a Georgia para visitar a otra hermana y de paso ver a mis hijos.
Cuando salí de mi casa para asistir a la universidad de quiroprácticos, mis padres y amigos me hicieron fiestas para celebrar el gran éxito que yo iba a obtener. No quería regresar a casa, fracasado y con el rabo entre mis piernas. Me acordé de una historia biblica de Gedeón que buscó la dirección de Dios através de la señal del vellón. Le pedí a Dios que si era su voluntad que regresara a mi pueblo natal, yo no tendría donde vivir, ni trabajo como el que tenía en Houston.
Cuando regresamos a Houston, me fije que mi coche, estaba estacionado en la calle y que tenía una nota en la ventanilla, que decía—“Terry, nos cambiamos a Wisconsin. Tu hermano, Frank” Y cuando llame al gerente acerca del trabajo que me había prometido, me contestó de mala manera que ya no le molestara.
En unos libros de “la nueva era” que yo habia leído, recomendaban la meditación. Y sugerían que si no tenías nada en que meditar, meditaras en “El Padre Nuestro”. Durante una de esas meditaciones, me dí cuenta que estaba aclamando a Dios con desesperación. Para mi sorpresa sentí que el amor de Dios me cubría con un calor por todo mi ser.
En 1970 regresé al norte de Texas. La primera persona que me llamó fue mi mejor amigo en la escuela. El se había convertido al Señor, y yo lo quería evitar. Me invitó varias veces a que fuera con él a la iglesia. Un día decidí ir con él para que dejara de molestarme.
Llegamos un poco tarde y mi primera impresión de los que estaban en esa pequeña iglesia fue que se veían felices y llenos de paz. Parecían estar contentos de estar allí. Pensé para mi mismo, “ Señor, si tan sólo pudiera tener algo de eso.” Decidí copiar sus modos, pensando que a lo mejor me iba a sentir mejor.
Me aseguré que todos a mi alrededor tenían sus ojos cerrados y cuando levante mis manos levemente, el peso en mis hombros desapareció. Mi vida cambió radicalmente a partir de ese momento, en julio de 1970.
En el momento que participé en los cultos del Señor, algo cambio en mí, quizás la señal de arrepentimiento. Por primera vez en 16 años no me sentía condenado al infierno. Al final de la reunión, se hizo una invitación para pasar a orar al frente. Cuando llegue al frente, el orador me preguntó mi razón para pasar al frente, y yo le conteste: “No sé. Usted nos invitó y aquí estoy.”
Yo mantuve a mi amigo despierto hasta las tres de la mañana, estudiando y hablando de lo que significaba el nacer de nuevo o ser salvo y orando la oración del pecador. Dos semanas mas tarde recibí el Bautiso del Espíritu Santo.
Al poco tiempo, conocí al Sr. Morris Means, que se dedicaba a pintar letreros. Nos hicimos muy buenos amigos, y por los próximos dos años me enseñó la importancia de la oración. Yo estaba bajo mucha presión ya que no ganaba suficiente dinero, mi esposa se estaba divorciando de mí, y me habia amenazado que nunca volvería a ver mis hijos. A pesar de mis circunstancias, me sentía muy en paz sabiendo que Jesucristo era Mi Salvador.”
Cada vez que mis problemas aumetaban, iba con Morris para que me aconsejara. El me preguntaba si había orado. Y yo le contestaba, que sí, y él me respondía: “Ve y ora un poco más”. Así me acostumbre a orar y siempre que regresaba, él me contestaba: “ve y ora un poco más”. Pronto descubrí que cuando paso tiempo con Dios, mis problemas van desapareciendo. Un día Morris me dijo que iba a ir a una pequeña cabaña que tenía para orar y le pregunté si yo también podía ir y él aceptó.
Nos quedamos 26 días orando y ayunando. Cuando regresé nada había cambiado. Todavía estaba quebrado, pero feliz. Lo que yo más deseaba era dedicar mi vida de tiempo completo al ministerio. El amigo que me guió hasta el Señor, me llamó un día para decirme que un amigo de él, un Quiropráctico, necesitaba ayuda. El consultorio era manejado por una pareja de quiroprácticos. El esposo había fallecido en un accidente y la esposa estaba enferma. Después de llamarme por tercera vez, decidí ir a ver el consultorio.
Una vez más le pedí al Señor, “ Si de verdad deseas que sea Quiropráctico, quiero una alfombra en el piso, una secretaria entrenada, una máquina de tomar rayos X y todo el equipo necesario. Y además no quiero deudas porque sabía que nadie me prestaría el dinero necesario. Cuando llegue al consultorio, estaba mejor equipado de lo que yo me había imaginado. Pensé, jamás voy a adquirir este equipo, sin pedir prestado mucho dinero. Dios me va a dejar ser ministro, no quiropráctico.
Para mi sorpresa la esposa sólo quería que aportará la renta. Antes de irme ya estaba ajustando pacientes. En unos cuantos años pude comprar otro consultorio dos veces más grande. Llegue a ser muy próspero y reconocido en mi profesión en Amarillo, Texas.
Fuí a una reunión del FGBMFI. En unos cuantos meses me pidieron que si quería ser el Presidente del Capítulo. Al final del año más de 300 personas asistían a la reunión. Me puse a orar por el territorio de 150 millas alrededor de mi pueblo. En los próximos siete años se iniciaron 13 capítulo y tuvimos cuatro exitosas convenciones regionales.
En 1978, tenía cuarenta años. Todo el mundo me alababa y esos cumplidos, se me subieron a la cabeza y comencé a pensar que todo me salía bien. Cuando mi amigo, Morris, me decía: “ve y ora un poco más” yo le contestaba que estaba muy ocupado. El orgullo había llegado. Un día el Señor me dijo que renunciara a todas mis posiciones. Recordé lo que era vivir sin el Señor en mi vida, así que obedecí. Le pase mi negocio a mi hermano y le pedí al Señor que me enviará a un lugar donde fuera haber avivamiento.
Así llegue a San Antonio en 1979. Sin Jesús hubiese sido un tiempo muy dificil, pero tenía una actitud positiva y fue una temporada de aprender con la ayuda de Dios. Un día estaba muy ocupado en mi consultorio y mi secretaria me dijo que alguien quería hablar conmigo. Que sorpresa, era mi ex-esposa, quien ofreció enviarme fotos de nuestros hijos, los cuales no había visto en 10 años.
Después ella me permitió verlos. Fue algo tan especial; inmediatamente los lazos de entrelazaron. Ellos tenían 12, 13, y 14 años. Cuando Ted, mi hijo mayor, cumplió 15 años vino a vivir conmigo. Al año y medio su hermano, el menor, David, se reunió con nosotros. Últimamente, mis hijos me han dado 5 nietos. El Dr. David Peters, es Quiropráctico, y trabajó conmigo por cuatro años. Ahora tiene su propio consultorio en Missouri donde vive con su mujer y tres hijos. Mi hija, Debra, tiene su título de Maestría en Ingeniería Civil y vive en Carolina del Sur con su marido e hijo. Ted vive en Houston done tiene una compañía de préstamos para bienes raíces.
En 1982-84 comencé a orar por una esposa. Y le pedí a Dios que escogiera una por mi. Un domingo fuí con un grupo de solteros a visitar a una mujer que había visitado nuestra iglesia una vez. Fue una tarde extraña para mí, porque nunca hable. Después de varias horas de estar quieto, comencé a hablarle de Dios. Le pregunté: “Conoces a Jesús? Y ella contesto que conocía la persona y la vida de Jesús. Luego le pregunte si tenía una relación personal con Jesucristo. Y ella contestó que no. Entonces, le pregunte si le gustaría tener una y ella contesto que sí. Y yo la guié en la oración del pecador.
Luego le pregunte si quería recibir el Bautiso del Espíritu Santo. Le explique que es el poder que el Señor nos da para vivir una vida cristiana. Ella me contesto que sí , así que ore por ella e inmediatamente comenzó a hablar en diversas lenguas. Cuatro meses más tarde, abril del 1985, Gerri y yo nos casamos. Desde ese tiempo el Señor ha prosperado nuestro negocio. Ella se encarga de las finanzas y el papeleo.
Lo más grandioso me ha pasado en los últimos años en mi proyecto de exhortar a los cristianos a orar. El Señor me dijo que exhortara a las personas a la oración. En mayo del 2000 nos lanzamos en el internet. Yo creo que fue unas de las cosas más importantes que yo he realizado. Si sólo una persona en cada país escucha uno de estos mensajes y exhorta a otros a orar, se creara una atmósfera de avivamiento alrededor del mundo.
[CASA]